Puede suceder que, con el paso de los años, un libro revele una correspondencia más estrecha -y a veces más amarga- con algunas de las condiciones de nuestro tiempo. Hoy, cuando las guerras no dejan de poner en escena la privación de lo humano, la reducción de los cuerpos a meros objetos, y la exposición de los mismos a la masacre y a la destrucción, en nombre de afirmaciones de poder abstractas y violentas, la compasión se presenta como un primer gesto -un gesto de atención, de cuidado, de solicitud- que reconoce en esos cuerpos la dignidad y la grandeza de lo vivo. El dolor del individuo singular se desvanece hoy en la insignificancia ante la potencia de una idea de civilización considerada superior y, por ello, encerrada en su propia fortaleza -una fortaleza de bienestar exterior, de dinero, de poder- y complacida de su propia libertad. La compasión es un sentimiento que invalida esta pretensión de superioridad frente a los pueblos y a los individuos. Al igual que invalida el espíritu de exclusión del otro que de ella se deriva. La compasión es, ante todo, cercanía al otro, a su condición dolorosa, a su herida. Pero es también el rechazo a que el otro sea reducido a un extraño, a un forastero, relegado a la condición de marginado.