En 1943, Robert Antelme, joven de veintiséis años, redactor en el Ministerio de Información francés, entra en la Resistencia. La amistad decide por él.
En nuestro frenético mundo de mensajes instantáneos, créditos instantáneos, gratificaciones instantáneas, la pregunta “¿por qué esperar?” o el consejo “¡no espere!” parecen suscitar un acuerdo unánime. A nadie le gusta esperar.
Vuelve a tentarme la desesperación: la idea de que esto no acabará nunca, que no hay meta, que sólo hay pequeños fines particulares por los que nos batimos. Se hacen pequeñas revoluciones, pero no hay un final humano, no hay algo que interese al hombre, sólo hay desórdenes.