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La primera gran aventura que emprendió Peter Heller, a los 29 años, también podría haber sido la última. El primer día de esa peligrosísima expedición en kayak por las aguas de la meseta tibetana uno de sus compañeros de aventura murió en sus brazos. Desde entonces no ha parado de explorar los límites de la naturaleza y también de la escritura. Cuando era un niño en Brooklyn Heights, Heller prefería indagar en los arbustos y encaramarse a los árboles antes que jugar con un balón en el patio, y le emocionaba más escuchar el discurso de Martin Luther King («la música del lenguaje») que las canciones de los Beatles. Liberado del colegio, vivió en Boulder, Colorado, donde enseñaba kayak, trabajaba como pizzero y escribía poemas y relatos en su habitación. Solo ha abandonado la segunda de esas tres actividades, a las que ha sumado una pasión absoluta por el surf, que acredita en el diario de su página web, donde recoge los mails de lectores y aventureros afines que probablemente aparezcan más adelante en alguno de sus libros.

Aunque ahora, superados los cincuenta años, está viviendo otra aventura más doméstica (el matrimonio), Heller no ha abandonado ni la mochila ni el bloc de notas: en 2002 se alistó en una de las aventuras acuáticas más ambiciosas de la historia en el Gran Cañón de Tsangpo, de la que salió su libro Hell or High Water: Surviving Tibet’s Tsangpo River, premiado por diversas publicaciones. Tres años después, Heller, a encargo de National Geographic Adventure, se subió a un barco eco-pirata que navegó las aguas antárticas para abortar las labores de la poderosa flota ballenera japonesa. En 2007 remó hacia una cala con una cámara en su casco para descubrir la matanza de delfines y de ballenas en algunas remotas calas niponas.

Dice Heller que lo bueno de escribir sobre una aventura en lugar de vivirla es que «no necesitas ibuprofeno». También que la ficción le permite no saber qué sucederá a continuación. Quizás por todo ello debutó en 2012 como novelista con La constelación del Perro, la aventura apocalíptica de un superviviente nato y de un narrador sensible. Como Heller.

Mikita Brottman es una académica peculiar, erudita pero personalísima. Tiene un doctorado en Lengua y Literatura Inglesa en Oxford y ha impartido clases en diversas universidades europeas y estadounidenses. Su principal campo de investigación es cierta pulsión patológica que rodea a la cultura contemporánea. Escribe sobre todo ello en diversos medios, tanto generalistas como alternativos, desde Los Angeles Times o The Huffington Post hasta publicaciones underground. Ha publicado libros de culto como Meat is Murder o Hollywood Hex, pero es Contra la lectura, publicado bajo el título The Solitary Vice (Counterpoint, 2008) el que fue seleccionado por Publishers Weekly como uno de los libros del año. Además de todo eso, es psicoanalista y, en la actualidad, imparte clase en el Maryland Institute College of Art, en Baltimore. Interesada tanto por la mente criminal como por los mitos y la magia, vive con su marido, el crítico cinematográfico David Sterritt, y con un carismático bulldog francés llamado Oliver.

Mark Oliver Everett no mostró talento alguno para la física de pequeño, a la que se dedicaba su padre, el doctor Hugh Everett iii, «uno de los científicos estadounidenses más importantes del siglo xx» (según la revista Scientific American), que de joven se carteaba con Einstein y cuya interpretación de los universos múltiples dio pie a incontables libros de ciencia ficción, películas y episodios de Star Trek.

La poesía, en cambio, le vino de su madre, que escribía y en paz descanse, como descansa toda la familia cercana de Everett, motivo por el cual éste no sabe qué poner cuando le preguntan a quién contactar en caso de emergencia. Aunque, todo sea dicho, al menos siempre hay una buena mujer a su lado, o al menos una mujer medio loca a pesar de que, como él mismo dice, Everett sea tan feo. Por eso la poesía también le viene, seguro, de la historia de la familia toda y de la vida que le ha tocado vivir.

Sea como sea, a Everett siempre le interesaron más bien los discos que escuchaba su hermana (como cada tarde, durante un año, el After the Gold Rush de Neil Young), y aunque nunca soñó con llegar a tocar el mismo piano vertical con el que Young grabó ese disco (como un día iba a ocurrir), su vocación musical no sólo fue temprana, sino que consiguió superar una inseguridad proverbial.

A los diez años tenía por favorito el primer disco en solitario de Lennon, como cabe esperar de un crío disfuncional aunque también resuelto: a los seis ya se había comprado su primera batería de juguete en un mercadillo. En la adolescencia, después de haber compuesto unas cuantas canciones en el piano de casa, se hizo con una guitarra que acumulaba polvo en el armario (el de su hermana). Naturalmente a los 20 estaba obsesionado con grabar canciones en un cuatro pistas (también de segunda mano), y a los 24 iba a largarse a la gran ciudad a hacer lo único que estaba convencido de querer y poder hacer. Aunque luego resultara que lo que uno deja atrás siempre lo persigue y también que, gracias a eso (a la desdicha que, como escribió un novelista famoso, salva a algunas familias de ser iguales a todas) y desde luego al genio incontestable, Everett pudo escribir, además, su autobiografía Cosas que los nietos deberían saber. Y los que vendrán, esperamos.

Porque Everett parece escribir un poco sin querer, pero ésa debe de ser su forma de querer mucho y bien, de hacer lo que toca sin someterse, como ha hecho siempre: ser un estoico sin parecer virtuoso, y quién sabe si para que lo quieran más, eso por lo que alguien ha dicho que los escritores escriben. Y seguro que si lees esto el libro te va a entusiasmar.

Vista por encima, la historia del libro, su historia, se parece un poco a muchas: chico introvertido y maldito coge el virus de la música, se muda a Los Ángeles, donde no conoce a nadie, trabaja en lo que toque y, a fuerza de tenacidad con el aparato de las cuatro pistas (y desde luego un poco de fortuna), en efecto consigue firmar su primer contrato. El primero de tantos, como obligará la anormalidad de su banda, Eels, celebrada por otros elementos atípicos como Tom Waits, Van Morrison y sí, Neil Young, además de extrañamente reconocida por el público al igual que por la crítica, como suele decirse.

Pero luego viene todo lo demás, lo que mejor dejamos al propio Everett contar, porque nada de lo haya hecho o haya vivido se parece a lo que han vivido los demás (y sin embargo E es como todos nosotros), y de eso, sobre todo, va su libro.

A Coruña, 1976. El Hematocrítico es Miguel López, autor de numerosos proyectos de humor en Internet muy populares como El Hematocrítico de Arte, Drama en el Portal o Los Hermanos Podcast (con Noel Ceballos). Colabora con Cuore , Atresmedia o Tedx entre otros. Es autor junto con el ilustrador Alberto Vázquez de los libros infantiles Feliz Feroz, Agente Ricitos y El lobo con botas, y está trabajando en su adaptación a serie de animación para RTVE.

Raúl Cimas nació hace 38 años. Desde entonces se dedica a hacernos reír. Su currículum es el itinerario perfecto para un tour de la mejor comedia: La hora chanante, Muchachada Nui, Buenafuente, Museo Coconut y Óxido Nitroso son solo algunas de las paradas. Después del éxito de Demasiada pasión por lo suyo, su debut en el mundo del cómic, regresa con Orgullo Brutal, un muestrario delirante y cotidiano de personajes entrañables satisfechos de sí mismos.

Carlo Padial dice que se ha marcado como objetivo llegar a ser jefe de planta de algún almacén con componentes electrónicos. Mientras este Woody Allen barcelonés espera esa oportunidad, no para: antaño colaborador de revistas como El Víbora, guionista y dibujante de cómics (publicó Superfly o La familia Vandellós con La Cúpula) y recientemente autor de vídeos virales en Playground o TV3 con su productora audiovisual Los Pioneros del Siglo XXI. Ideólogo y pope del cine low cost (suyas son brillantes películas de autor de bajo presupuesto como Mi loco Erasmus y Taller Capuchoc), ahora ha dado el salto con la película Algo muy gordo. Todo esto no se entiende sin su dimensión como escritor, con obras como Dinero gratis y Erasmus, Orgasmus y otros problemas. Ahora publica su libro más confesional y terroríficamente emotivo: Doctor Portuondo.

Luis Noriega reside en España, concretamente en Barcelona. Es escritor y traductor. Ha publicado Iménez (ed. rev. Taller de Edición, 2011), ganadora del Premio UPC de Ciencia Ficción en 1999; los cuentos El problema de Randy (El Malpensante 14, 1999), Jugar el juego (Cuentos caníbales, Alfaguara, 2002), Soluciones ad hoc (Calibre 39, Villegas, 2007) y Círculo virtuoso (El Malpensante 102, 2009); y la novela corta Mediocristán es un país tranquilo (El Malpensante 128, 2012). Donde mueren los payasos es su primera farsa electoral, y el primer lanzamiento internacional de Blackie Books: la novela ha sido publicada simultáneamente en España, Colombia, Argentina, y otros países latinoamericanos.

Richard Gary Brautigan nació en Tacoma, Estados Unidos, el 30 de enero de 1935. Su padre nunca lo reconoció y, cuando tenía nueve años, su madre los abandonó a él y a su hermana en la habitación de un hotel en Great Falls, Montana. Pasaron muchas horas esperando a que volviese, hasta que el cocinero del establecimiento decidió acogerlos. Alguien ha dicho que su cerebro fue el único juguete que tuvo. A los veinte años fue recluido en un hospital para enfermos mentales por arrojar una piedra contra una comisaría. Lo había hecho para que lo arrestasen y le diesen de comer, pero en el hospital acabaron diagnosticándole paranoia, esquizofrenia y depresión. En sus propias palabras, allí recibió «suficientes electroshocks para iluminar un pueblo». En ese mismo hospital se filmaría más adelante Alguien voló sobre el nido del cuco.

Decidió partir a San Francisco y dedicarse a escribir poesía. Completó diez novelas, nueve poemarios y numerosos cuentos, que para algunos estaban entre lo mejor de su tiempo. Al comienzo, sin embargo, le resultó difícil publicar. (La Richard Brautigan Library honra su memoria en Vermont. En los noventa, ésta aceptaba manuscritos rechazados por las editoriales siempre y cuando los autores pagasen la encuadernación. La idea se tomó de su novela The Abortion, que en gran parte transcurre en una biblioteca de obras inéditas.) En 1964 se publicó A Confederate General from Big Sur. Fue un clamoroso fracaso. En el otoño de 1966, Brautigan se divertía con la idea de ser un autor de culto en Berkeley, donde el libro funcionó bien en la sección de saldos de una librería emblemática. A pesar de los fracasos y reveses, perseveró con sus manuscritos. Y finalmente alcanzó: en 1967 se publica La pesca de la trucha en América, éxito instantáneo de crítica y público. Había escrito el libro en 1961, durante un viaje de acampada que realizó en compañía de su mujer y su hija, y en el que llevaba una máquina de escribir y una mesita plegable. Era, pues, su primera novela, aunque fue la segunda en publicarse.

Con ella obtuvo gran fama internacional y, cómo no, abonó el terreno para su caída. Brautigan viajó mucho, compró propiedades, se dio la vida que no había tenido hasta entonces. Pero no supo llevar bien el peso de la fama. Las borracheras, la seducción de sus seguidores incondicionales y las mujeres, de repente tan disponibles (posó con algunas de ellas para las cubiertas de sus libros, e hizo que se incluyera su número de teléfono en algunas de las ediciones), se cobraron un precio alto.

Aunque ciertos escritores aplaudieron el éxito del patito feo convertido en estrella y los medios lo ubicaron en el firmamento de la contracultura al lado de Dylan, Ginsberg o Timothy Leary, la crítica valoró negativamente sus libros posteriores, y debido a su escritura cada vez más literaria, sus lectores empezaron a dejar de leerlo. Los sesenta dieron paso a los setenta. Jerry Rubin llegó a Wall Street, Abbie Hoffman se convirtió en un fugitivo, muchos de los chicos del flower power se pasaron al yuppismo y Brautigan se hundió en el declive, transformándose en el símbolo triste de una época convulsa. Y pasada. La visión condescendiente lo convierte en víctima de la contracultura.

Para otros, sin embargo, sencillamente fue un héroe. Desde el punto de vista de la escritura, hay quienes siguen considerándolo inclasificable. Estados Unidos lo había olvidado ya cuando, el 24 de octubre de 1984, se halló su cuerpo cubierto de gusanos. Varias semanas antes, no se sabe con exactitud cuándo, se había pegado un tiro. Junto a su cuerpo, el arma y una botella de licor.

Paradójicamente, los lectores del mundo entero que siguen descubriéndolo son legión. No ha hecho falta que siguiera escribiendo, aunque al recordarlo, al leerlo, se le eche tanto en falta. Sólo que, en palabras de Vonnegut, «como ha ocurrido con tantos otros buenos escritores, finalmente pudo con él ese desequilibrio químico que llamamos depresión, y que cumple su labor mortal sin que importe lo que esté ocurriendo en la vida amorosa del que lo padece, sin que importen sus aventuras, buenas o malas, en el Mercado sin corazón».

Shalom Auslander (Monsey, Nueva York, 1970) fue educado «como un ternero» en el seno de una comunidad judía ortodoxa, es decir, entre barrotes medio invisibles y en el más temeroso respeto a Dios.

De pequeño, creía todo lo que le decían sus mayores acerca de aquel señor tan poderoso y abusivo: Yahvé estaba en todas partes, tentaba a los suyos con comida no kosher y, si cedían, los torturaba de manera indecible. Durante la adolescencia, siguió creyendo, y tal vez por eso empezó a provocar voluntaria e indiscriminadamente la cólera de los cielos, que se parecía mucho a la ira del padre que tenía en casa. Ternero díscolo, Auslander pasó una temporada en Israel, pero esto no acabó de domesticarlo ni devolverlo al redil. Con todo, sigue siendo un devoto, aunque su familia ortodoxa opine que ha dado la espalda la espalda a la religión. Querría no creer, pero no lo consigue.

Ahora que es adulto y padre de familia, Auslander mantiene la provocación mediante la escritura de ensayo y ficción. Y no deja de sorprenderle que judíos, cristianos y musulmanes reaccionen tan mal ante cualquier crítica a sus respectivos dioses, pues son ellos quienes hablan todo el rato de los desmanes que tales dioses se permiten.

El primer libro de relatos del autor, Beware of God (2005), todavía inédito en castellano, le valió un gran reconocimiento crítico, al igual que Lamentaciones de un prepucio (2010). Por eso mismo, es muy posible que Dios esté molesto con él.

Auslander escribe regularmente para The New Yorker, Esquire y The New York Times Magazine, entre otras publicaciones, y vive en Woodstock, en el estado de Nueva York.

Joe Pernice nació en Massachusetts un 17 de julio de 1967, y fue escritor de canciones antes que de novelas. Formó la banda Scud Mountain Boys en 1991 y, seis años después, su grupo más
emblemático: Pernice Brothers, con los que ha lanzado más de siete discos repletos de temas redondos. En esa faceta musical, ha colaborado también con Norman Blake, de The Teenage Fanclub, bajo el nombre The New Mendicants. En 2010, lanzó un álbum en solitario titulado It Feels So Good When I Stop, un disco de versiones de canciones favoritas que aparecían en su novela homónima de debut, publicada ahora por Blackie Books como Esta canción me recuerda a mí. La novela, aplaudidísima por escritores de la talla de Nick Hornby o George Pelecanos, lo confirmó como un novelista a la altura de su talento como compositor. Años antes, en 2003, ya se había estrenado en el mundo editorial. En concreto, en el marco de la serie 33 1/3, donde autores de renombre hablan de su álbum favorito. Él escogió Meat is Murder, el disco de The Smiths de 1985, y ya en aquel texto se vislumbraba esa escritura fresca pero profunda, también con trazos autobiográficos, que luego confirmaría con su gran primera novela.