Carlo Padial dice que se ha marcado como objetivo llegar a ser jefe de planta de algún almacén con componentes electrónicos. Mientras este Woody Allen barcelonés espera esa oportunidad, no para: antaño colaborador de revistas como El Víbora, guionista y dibujante de cómics (publicó Superfly o La familia Vandellós con La Cúpula) y recientemente autor de vídeos virales en Playground o TV3 con su productora audiovisual Los Pioneros del Siglo XXI. Ideólogo y pope del cine low cost (suyas son brillantes películas de autor de bajo presupuesto como Mi loco Erasmus y Taller Capuchoc), ahora ha dado el salto con la película Algo muy gordo. Todo esto no se entiende sin su dimensión como escritor, con obras como Dinero gratis y Erasmus, Orgasmus y otros problemas. Ahora publica su libro más confesional y terroríficamente emotivo: Doctor Portuondo.
Luis Noriega reside en España, concretamente en Barcelona. Es escritor y traductor. Ha publicado Iménez (ed. rev. Taller de Edición, 2011), ganadora del Premio UPC de Ciencia Ficción en 1999; los cuentos El problema de Randy (El Malpensante 14, 1999), Jugar el juego (Cuentos caníbales, Alfaguara, 2002), Soluciones ad hoc (Calibre 39, Villegas, 2007) y Círculo virtuoso (El Malpensante 102, 2009); y la novela corta Mediocristán es un país tranquilo (El Malpensante 128, 2012). Donde mueren los payasos es su primera farsa electoral, y el primer lanzamiento internacional de Blackie Books: la novela ha sido publicada simultáneamente en España, Colombia, Argentina, y otros países latinoamericanos.
Richard Gary Brautigan nació en Tacoma, Estados Unidos, el 30 de enero de 1935. Su padre nunca lo reconoció y, cuando tenía nueve años, su madre los abandonó a él y a su hermana en la habitación de un hotel en Great Falls, Montana. Pasaron muchas horas esperando a que volviese, hasta que el cocinero del establecimiento decidió acogerlos. Alguien ha dicho que su cerebro fue el único juguete que tuvo. A los veinte años fue recluido en un hospital para enfermos mentales por arrojar una piedra contra una comisaría. Lo había hecho para que lo arrestasen y le diesen de comer, pero en el hospital acabaron diagnosticándole paranoia, esquizofrenia y depresión. En sus propias palabras, allí recibió «suficientes electroshocks para iluminar un pueblo». En ese mismo hospital se filmaría más adelante Alguien voló sobre el nido del cuco.
Decidió partir a San Francisco y dedicarse a escribir poesía. Completó diez novelas, nueve poemarios y numerosos cuentos, que para algunos estaban entre lo mejor de su tiempo. Al comienzo, sin embargo, le resultó difícil publicar. (La Richard Brautigan Library honra su memoria en Vermont. En los noventa, ésta aceptaba manuscritos rechazados por las editoriales siempre y cuando los autores pagasen la encuadernación. La idea se tomó de su novela The Abortion, que en gran parte transcurre en una biblioteca de obras inéditas.) En 1964 se publicó A Confederate General from Big Sur. Fue un clamoroso fracaso. En el otoño de 1966, Brautigan se divertía con la idea de ser un autor de culto en Berkeley, donde el libro funcionó bien en la sección de saldos de una librería emblemática. A pesar de los fracasos y reveses, perseveró con sus manuscritos. Y finalmente alcanzó: en 1967 se publica La pesca de la trucha en América, éxito instantáneo de crítica y público. Había escrito el libro en 1961, durante un viaje de acampada que realizó en compañía de su mujer y su hija, y en el que llevaba una máquina de escribir y una mesita plegable. Era, pues, su primera novela, aunque fue la segunda en publicarse.
Con ella obtuvo gran fama internacional y, cómo no, abonó el terreno para su caída. Brautigan viajó mucho, compró propiedades, se dio la vida que no había tenido hasta entonces. Pero no supo llevar bien el peso de la fama. Las borracheras, la seducción de sus seguidores incondicionales y las mujeres, de repente tan disponibles (posó con algunas de ellas para las cubiertas de sus libros, e hizo que se incluyera su número de teléfono en algunas de las ediciones), se cobraron un precio alto.
Aunque ciertos escritores aplaudieron el éxito del patito feo convertido en estrella y los medios lo ubicaron en el firmamento de la contracultura al lado de Dylan, Ginsberg o Timothy Leary, la crítica valoró negativamente sus libros posteriores, y debido a su escritura cada vez más literaria, sus lectores empezaron a dejar de leerlo. Los sesenta dieron paso a los setenta. Jerry Rubin llegó a Wall Street, Abbie Hoffman se convirtió en un fugitivo, muchos de los chicos del flower power se pasaron al yuppismo y Brautigan se hundió en el declive, transformándose en el símbolo triste de una época convulsa. Y pasada. La visión condescendiente lo convierte en víctima de la contracultura.
Para otros, sin embargo, sencillamente fue un héroe. Desde el punto de vista de la escritura, hay quienes siguen considerándolo inclasificable. Estados Unidos lo había olvidado ya cuando, el 24 de octubre de 1984, se halló su cuerpo cubierto de gusanos. Varias semanas antes, no se sabe con exactitud cuándo, se había pegado un tiro. Junto a su cuerpo, el arma y una botella de licor.
Paradójicamente, los lectores del mundo entero que siguen descubriéndolo son legión. No ha hecho falta que siguiera escribiendo, aunque al recordarlo, al leerlo, se le eche tanto en falta. Sólo que, en palabras de Vonnegut, «como ha ocurrido con tantos otros buenos escritores, finalmente pudo con él ese desequilibrio químico que llamamos depresión, y que cumple su labor mortal sin que importe lo que esté ocurriendo en la vida amorosa del que lo padece, sin que importen sus aventuras, buenas o malas, en el Mercado sin corazón».
Shalom Auslander (Monsey, Nueva York, 1970) fue educado «como un ternero» en el seno de una comunidad judía ortodoxa, es decir, entre barrotes medio invisibles y en el más temeroso respeto a Dios.
De pequeño, creía todo lo que le decían sus mayores acerca de aquel señor tan poderoso y abusivo: Yahvé estaba en todas partes, tentaba a los suyos con comida no kosher y, si cedían, los torturaba de manera indecible. Durante la adolescencia, siguió creyendo, y tal vez por eso empezó a provocar voluntaria e indiscriminadamente la cólera de los cielos, que se parecía mucho a la ira del padre que tenía en casa. Ternero díscolo, Auslander pasó una temporada en Israel, pero esto no acabó de domesticarlo ni devolverlo al redil. Con todo, sigue siendo un devoto, aunque su familia ortodoxa opine que ha dado la espalda la espalda a la religión. Querría no creer, pero no lo consigue.
Ahora que es adulto y padre de familia, Auslander mantiene la provocación mediante la escritura de ensayo y ficción. Y no deja de sorprenderle que judíos, cristianos y musulmanes reaccionen tan mal ante cualquier crítica a sus respectivos dioses, pues son ellos quienes hablan todo el rato de los desmanes que tales dioses se permiten.
El primer libro de relatos del autor, Beware of God (2005), todavía inédito en castellano, le valió un gran reconocimiento crítico, al igual que Lamentaciones de un prepucio (2010). Por eso mismo, es muy posible que Dios esté molesto con él.
Auslander escribe regularmente para The New Yorker, Esquire y The New York Times Magazine, entre otras publicaciones, y vive en Woodstock, en el estado de Nueva York.
Joe Pernice nació en Massachusetts un 17 de julio de 1967, y fue escritor de canciones antes que de novelas. Formó la banda Scud Mountain Boys en 1991 y, seis años después, su grupo más
emblemático: Pernice Brothers, con los que ha lanzado más de siete discos repletos de temas redondos. En esa faceta musical, ha colaborado también con Norman Blake, de The Teenage Fanclub, bajo el nombre The New Mendicants. En 2010, lanzó un álbum en solitario titulado It Feels So Good When I Stop, un disco de versiones de canciones favoritas que aparecían en su novela homónima de debut, publicada ahora por Blackie Books como Esta canción me recuerda a mí. La novela, aplaudidísima por escritores de la talla de Nick Hornby o George Pelecanos, lo confirmó como un novelista a la altura de su talento como compositor. Años antes, en 2003, ya se había estrenado en el mundo editorial. En concreto, en el marco de la serie 33 1/3, donde autores de renombre hablan de su álbum favorito. Él escogió Meat is Murder, el disco de The Smiths de 1985, y ya en aquel texto se vislumbraba esa escritura fresca pero profunda, también con trazos autobiográficos, que luego confirmaría con su gran primera novela.
Ian Svenonius pegó su primer chillido en una sala de partos en el Estados Unidos de 1968. Abrazó la autonomía cuando le cortaron el cordón umbilical en un ambiente de protestas, marchas por los derechos civiles y soflamas contraculturales. Desde ese instante no abandonó ni los gritos ni la independencia. Creció, además, justo delante de una iglesia donde se cantaba góspel, así que era inevitable que se convirtiera en la bestia escénica y el animal fuertemente ideologizado que ha sido siempre. Los iconos se fabrican con esos mimbres, más aún si pasan su adolescencia en un Washington D. C. incendiado secretamente por un fuerte circuito de punk-rock y hardcore que tenía como bandera el compromiso insobornable y la autogestión más brillante. Salvaje en el escenario, pero lúcido y riguroso en sus teorías, siempre entendió la banda de rock and roll como comando vanguardista pero popular. Una idea que ha sido el motor de estilos inventados como el góspel yeahyeah y de bandas como Nation of Ullysses, The Make-Up o Chain and The Gang, en las que la estética es un modo de posicionarse éticamente con la intención de desmarcarse de los peores clichés de la industria musical.
Llevó esa retórica marxista y antiautoritaria incluso al terreno de las entrevistas con Soft Focus, el programa de entrevistas de culto que presentó en VBS.tv. Figura crucial de la música a la contra, personaje en la más amplia acepción del término, Svenonius es la estrella del pop que viaja en metro y que toca en centros cívicos, aunque tiene una extensa red de acólitos y feligreses de sus ideas. Es, en definitiva, una especie de timonel del underground en todo el Planeta Tierra. Un reverendo de las ideas más puras. Todo eso está en ensayos satíricos, profundos pero tronchantes como The Psychic Soviet, el Librito Rosa del la música pop a imagen del Libro Rojo de Mao, o en Estrategias sobrenaturales para montar un grupo de rock, que ahora presenta Blackie Books en castellano. Ian Svenonius empezó protestando en 1968 y lo sigue haciendo en 2014, porque las cosas no han cambiado tanto.
Daryl Gregory nació con un único poder: su don para narrar fantásticas historias paranormales. Se graduó en la Universidad de Illinois en 1987 y aquel mismo año contrajo matrimonio. En 1990 pudo vender su primer relato a la revista Magazine of Fantasy and Sciencie Fiction. Su primera novela, Pandemonium, se publicó en 2008 y al año siguiente se alzó con el Crawford Award al mejor libro de fantasía. Ese mismo libro fue nominado a otros galardones como el Shirley Jackson Award. Desde entonces ha publicado con éxito otros muchos libros que lo han convertido en uno de los autores fantacientíficos de referencia, si bien él siempre afirma que en Shakespeare había fantasmas y brujas y que eso de las etiquetas es solo una treta comercial. Durante toda su vida ha impartido clases y también trabajado en empresas como Minitab. Tiene dos hijos adultos a los que también educa en la fantasía. Y en 2016 se mudó a Oakland, California, donde vive con su nueva compañera. Spoonbenders es su última gran novela, traducida al español por Blackie Books con el título La extraordinaria familia Telemacus.
Desde niño, Alastair Bonett sintió un apego especial por su pueblo mientras miraba a la gran ciudad como una fuerza invasora que podría acabar con su encanto. Eso, la relación del individuo con el espacio, ha sido el eje de toda su obra. Ya en la adolescencia, llevaba al día un diario y emborronaba cuadernos con sus primeros poemas, hasta que se decantó por las obras de no ficción relacionadas con su sector profesional. Bonnett es profesor de Geografía Social en la Universidad de Newcastel: compagina su labor como autor académico (si no, lo despiden) con su faceta como autor de libros para el gran público (si no, se aburre). Es autor también de What is Geography?, entre otros títulos, y ha firmado artículos en infinidad de revistas, además de editar entre 1994 y 2000 la revista vanguardista de psicogeografía Transgressions: A Journal of Urban Exploration. Fuera del mapa es su libro más evocador y su obra más elogiada.
Se llama Santiago Lorenzo. Los astros se alinearon para que naciera un buen día de 1964 en Portugalete, Vizcaya, España, Europa, la Tierra. el Universo. Primero miró, luego observó, después filmó y ahora escribe. En todas esas etapas vivió y en ninguna hizo lo que hacen los actores: actuar. Denle una goma de borrar Milan y unas tijeras y les creará un mundo. Aunque hace tiempo que con un teclado hace lo mismo y mejor. Este artista pretecnológico de pulsaciones lentas (quizás por su corazón grande) vive a caballo (o a autobús de varios caballos) entre Madrid y un taller que ha elegido en una aldea de Segovia que podría servir para ejemplificar la recurrente expresión «alejado del mundanal ruido».
No siempre fue así. Estudió imagen y guión en la Universidad Complutense y dirección escénica en la RESAD de la capital del reino. Siempre tuvo claro que ante problemas reales, sólo sirven las soluciones imaginarias, así que en ese año constelación que fue 1992 creó la productora El Lápiz de la Factoría, con la que dirigió cortometrajes como Bru, Es asunto mío o el aplaudido Manualidades. Porque además de eso, al artista artesano Lorenzo siempre le gustó construir maquetas imposibles trabajadas con las manos: una cómoda con cajones que se abren por los dos lados, puertas por donde sólo podría pasar el Hombre más Delgado del Mundo y teatritos donde los Madelman son los protagonistas. Si no gozara del don de la escritura, podría haberse empleado en cualquier oficio antiguo: sereno, porque tranquilo lo es un rato, o jefe de estación ferroviaria, porque los trenes portátiles le gustan más que a un hombre alegre una pandereta. En 1995, produjo Caracol, col, col, que le valió pisar con calma la alfombra roja de los Premios Goya, que ganó en la categoría a Mejor Corto de Animación. Cuatro años después se empeñó en estrenar Mamá es boba, la historia palentina de un niño algo alelado, pero a la vez muy lúcido, acosado en el colegio (la película fue una de las primeras en abordar el tema del bullying) y con unos padres que, a su pesar, le provocan una vergüenza tremenda. La película pasará a la historia como uno de los filmes de culto de la comedia agridulce y podría servir como mito fundacional del post-humor que busca la risa helada e incómoda. Con ella fue nominado, para su sorpresa, al Premio FIPRESCI en el Festival de Cine de Londres. En 2001 abrió, junto a Mer García Navas, Lana S.A., un taller dedicado al diseño de escenografía y decorados con el que hicieron tanto muñequitos de plastilina para el anuncio del euro como la catedral que aparece en una de las entregas de Torrente. En 2007 estrenó Un buen día lo tiene cualquiera, donde volvía a elevar una historia de una persona para explicar un problema colectivo: la incapacidad, afectiva e inmobiliaria, para encontrar un sitio en el mundo (o un piso en la ciudad, para el caso).
Harto de los tejemanejes del mundo del cine, decidió cederle sus ideas a esto de la literatura, por lo que en 2010 publicó la novela Los millones (Mondo Brutto), uno de los libros del año con un gancho cómico y un golpe más bien trágico: a uno del GRAPO le toca la lotería primitiva; no puede cobrar el premio porque carece de DNI. Desde entonces, ha escrito Los Huerfanitos, se ha deleitado con ábsides de catedrales y ha continuado atacando los vicios de la sociedad de la única forma posible: con la risa, el recurso de los hombres que gozan de una inteligencia libre de presunción. También ha seguido hablando con voz grave, lanzando chanzas coheteras y fumando un pitillo a cada hora en punto con tiros cortos. Ha hecho, en definitiva, muchas cosas, pero su mayor temor continúa siendo caerse a la ría desde lo alto del puente colgante de Portugalete, patrimonio de la Humanidad desde 2006.
La última ironía de una vida pasada entre la contracultura más incómoda y la racionalidad de los fines del mundo capitalista, es decir Wall Street, era morir atropellado: Jerry Rubin cruzó, literalmente, por donde no debía, y hace muchos años que está muerto pero, felizmente, ha dejado una herencia imprescindible para ricos y pobres, bienaventurados y marginales por igual: DO IT! sigue siendo un libro necesario en un mundo en donde la revolución queda como travesura, una payasada o, en el peor y más común de los casos, un crimen; es decir, un mundo en el que la trampa liberal por excelencia (entendida la palabra liberal en el otro sentido, que no es el americano y positivo que se usa en libro), sea invocar los crímenes de la izquierda asentada en el poder para justificar otras formas de la explotación del hombre por el hombre que han corrido con mejor suerte. En el fondo, Jerry Rubin nunca dejó de hacer lo que no debía, incluso cuando abandonó la militancia radical e intentó subvertir el sistema desde adentro, pero esa es otra historia, y se cuenta al final de la edición española de DO IT!