Shalom Auslander (Monsey, Nueva York, 1970) fue educado «como un ternero» en el seno de una comunidad judía ortodoxa, es decir, entre barrotes medio invisibles y en el más temeroso respeto a Dios.
De pequeño, creía todo lo que le decían sus mayores acerca de aquel señor tan poderoso y abusivo: Yahvé estaba en todas partes, tentaba a los suyos con comida no kosher y, si cedían, los torturaba de manera indecible. Durante la adolescencia, siguió creyendo, y tal vez por eso empezó a provocar voluntaria e indiscriminadamente la cólera de los cielos, que se parecía mucho a la ira del padre que tenía en casa. Ternero díscolo, Auslander pasó una temporada en Israel, pero esto no acabó de domesticarlo ni devolverlo al redil. Con todo, sigue siendo un devoto, aunque su familia ortodoxa opine que ha dado la espalda la espalda a la religión. Querría no creer, pero no lo consigue.
Ahora que es adulto y padre de familia, Auslander mantiene la provocación mediante la escritura de ensayo y ficción. Y no deja de sorprenderle que judíos, cristianos y musulmanes reaccionen tan mal ante cualquier crítica a sus respectivos dioses, pues son ellos quienes hablan todo el rato de los desmanes que tales dioses se permiten.
El primer libro de relatos del autor, Beware of God (2005), todavía inédito en castellano, le valió un gran reconocimiento crítico, al igual que Lamentaciones de un prepucio (2010). Por eso mismo, es muy posible que Dios esté molesto con él.
Auslander escribe regularmente para The New Yorker, Esquire y The New York Times Magazine, entre otras publicaciones, y vive en Woodstock, en el estado de Nueva York.
Joe Pernice nació en Massachusetts un 17 de julio de 1967, y fue escritor de canciones antes que de novelas. Formó la banda Scud Mountain Boys en 1991 y, seis años después, su grupo más
emblemático: Pernice Brothers, con los que ha lanzado más de siete discos repletos de temas redondos. En esa faceta musical, ha colaborado también con Norman Blake, de The Teenage Fanclub, bajo el nombre The New Mendicants. En 2010, lanzó un álbum en solitario titulado It Feels So Good When I Stop, un disco de versiones de canciones favoritas que aparecían en su novela homónima de debut, publicada ahora por Blackie Books como Esta canción me recuerda a mí. La novela, aplaudidísima por escritores de la talla de Nick Hornby o George Pelecanos, lo confirmó como un novelista a la altura de su talento como compositor. Años antes, en 2003, ya se había estrenado en el mundo editorial. En concreto, en el marco de la serie 33 1/3, donde autores de renombre hablan de su álbum favorito. Él escogió Meat is Murder, el disco de The Smiths de 1985, y ya en aquel texto se vislumbraba esa escritura fresca pero profunda, también con trazos autobiográficos, que luego confirmaría con su gran primera novela.
Ian Svenonius pegó su primer chillido en una sala de partos en el Estados Unidos de 1968. Abrazó la autonomía cuando le cortaron el cordón umbilical en un ambiente de protestas, marchas por los derechos civiles y soflamas contraculturales. Desde ese instante no abandonó ni los gritos ni la independencia. Creció, además, justo delante de una iglesia donde se cantaba góspel, así que era inevitable que se convirtiera en la bestia escénica y el animal fuertemente ideologizado que ha sido siempre. Los iconos se fabrican con esos mimbres, más aún si pasan su adolescencia en un Washington D. C. incendiado secretamente por un fuerte circuito de punk-rock y hardcore que tenía como bandera el compromiso insobornable y la autogestión más brillante. Salvaje en el escenario, pero lúcido y riguroso en sus teorías, siempre entendió la banda de rock and roll como comando vanguardista pero popular. Una idea que ha sido el motor de estilos inventados como el góspel yeahyeah y de bandas como Nation of Ullysses, The Make-Up o Chain and The Gang, en las que la estética es un modo de posicionarse éticamente con la intención de desmarcarse de los peores clichés de la industria musical.
Llevó esa retórica marxista y antiautoritaria incluso al terreno de las entrevistas con Soft Focus, el programa de entrevistas de culto que presentó en VBS.tv. Figura crucial de la música a la contra, personaje en la más amplia acepción del término, Svenonius es la estrella del pop que viaja en metro y que toca en centros cívicos, aunque tiene una extensa red de acólitos y feligreses de sus ideas. Es, en definitiva, una especie de timonel del underground en todo el Planeta Tierra. Un reverendo de las ideas más puras. Todo eso está en ensayos satíricos, profundos pero tronchantes como The Psychic Soviet, el Librito Rosa del la música pop a imagen del Libro Rojo de Mao, o en Estrategias sobrenaturales para montar un grupo de rock, que ahora presenta Blackie Books en castellano. Ian Svenonius empezó protestando en 1968 y lo sigue haciendo en 2014, porque las cosas no han cambiado tanto.
Daryl Gregory nació con un único poder: su don para narrar fantásticas historias paranormales. Se graduó en la Universidad de Illinois en 1987 y aquel mismo año contrajo matrimonio. En 1990 pudo vender su primer relato a la revista Magazine of Fantasy and Sciencie Fiction. Su primera novela, Pandemonium, se publicó en 2008 y al año siguiente se alzó con el Crawford Award al mejor libro de fantasía. Ese mismo libro fue nominado a otros galardones como el Shirley Jackson Award. Desde entonces ha publicado con éxito otros muchos libros que lo han convertido en uno de los autores fantacientíficos de referencia, si bien él siempre afirma que en Shakespeare había fantasmas y brujas y que eso de las etiquetas es solo una treta comercial. Durante toda su vida ha impartido clases y también trabajado en empresas como Minitab. Tiene dos hijos adultos a los que también educa en la fantasía. Y en 2016 se mudó a Oakland, California, donde vive con su nueva compañera. Spoonbenders es su última gran novela, traducida al español por Blackie Books con el título La extraordinaria familia Telemacus.
Desde niño, Alastair Bonett sintió un apego especial por su pueblo mientras miraba a la gran ciudad como una fuerza invasora que podría acabar con su encanto. Eso, la relación del individuo con el espacio, ha sido el eje de toda su obra. Ya en la adolescencia, llevaba al día un diario y emborronaba cuadernos con sus primeros poemas, hasta que se decantó por las obras de no ficción relacionadas con su sector profesional. Bonnett es profesor de Geografía Social en la Universidad de Newcastel: compagina su labor como autor académico (si no, lo despiden) con su faceta como autor de libros para el gran público (si no, se aburre). Es autor también de What is Geography?, entre otros títulos, y ha firmado artículos en infinidad de revistas, además de editar entre 1994 y 2000 la revista vanguardista de psicogeografía Transgressions: A Journal of Urban Exploration. Fuera del mapa es su libro más evocador y su obra más elogiada.
Se llama Santiago Lorenzo. Los astros se alinearon para que naciera un buen día de 1964 en Portugalete, Vizcaya, España, Europa, la Tierra. el Universo. Primero miró, luego observó, después filmó y ahora escribe. En todas esas etapas vivió y en ninguna hizo lo que hacen los actores: actuar. Denle una goma de borrar Milan y unas tijeras y les creará un mundo. Aunque hace tiempo que con un teclado hace lo mismo y mejor. Este artista pretecnológico de pulsaciones lentas (quizás por su corazón grande) vive a caballo (o a autobús de varios caballos) entre Madrid y un taller que ha elegido en una aldea de Segovia que podría servir para ejemplificar la recurrente expresión «alejado del mundanal ruido».
No siempre fue así. Estudió imagen y guión en la Universidad Complutense y dirección escénica en la RESAD de la capital del reino. Siempre tuvo claro que ante problemas reales, sólo sirven las soluciones imaginarias, así que en ese año constelación que fue 1992 creó la productora El Lápiz de la Factoría, con la que dirigió cortometrajes como Bru, Es asunto mío o el aplaudido Manualidades. Porque además de eso, al artista artesano Lorenzo siempre le gustó construir maquetas imposibles trabajadas con las manos: una cómoda con cajones que se abren por los dos lados, puertas por donde sólo podría pasar el Hombre más Delgado del Mundo y teatritos donde los Madelman son los protagonistas. Si no gozara del don de la escritura, podría haberse empleado en cualquier oficio antiguo: sereno, porque tranquilo lo es un rato, o jefe de estación ferroviaria, porque los trenes portátiles le gustan más que a un hombre alegre una pandereta. En 1995, produjo Caracol, col, col, que le valió pisar con calma la alfombra roja de los Premios Goya, que ganó en la categoría a Mejor Corto de Animación. Cuatro años después se empeñó en estrenar Mamá es boba, la historia palentina de un niño algo alelado, pero a la vez muy lúcido, acosado en el colegio (la película fue una de las primeras en abordar el tema del bullying) y con unos padres que, a su pesar, le provocan una vergüenza tremenda. La película pasará a la historia como uno de los filmes de culto de la comedia agridulce y podría servir como mito fundacional del post-humor que busca la risa helada e incómoda. Con ella fue nominado, para su sorpresa, al Premio FIPRESCI en el Festival de Cine de Londres. En 2001 abrió, junto a Mer García Navas, Lana S.A., un taller dedicado al diseño de escenografía y decorados con el que hicieron tanto muñequitos de plastilina para el anuncio del euro como la catedral que aparece en una de las entregas de Torrente. En 2007 estrenó Un buen día lo tiene cualquiera, donde volvía a elevar una historia de una persona para explicar un problema colectivo: la incapacidad, afectiva e inmobiliaria, para encontrar un sitio en el mundo (o un piso en la ciudad, para el caso).
Harto de los tejemanejes del mundo del cine, decidió cederle sus ideas a esto de la literatura, por lo que en 2010 publicó la novela Los millones (Mondo Brutto), uno de los libros del año con un gancho cómico y un golpe más bien trágico: a uno del GRAPO le toca la lotería primitiva; no puede cobrar el premio porque carece de DNI. Desde entonces, ha escrito Los Huerfanitos, se ha deleitado con ábsides de catedrales y ha continuado atacando los vicios de la sociedad de la única forma posible: con la risa, el recurso de los hombres que gozan de una inteligencia libre de presunción. También ha seguido hablando con voz grave, lanzando chanzas coheteras y fumando un pitillo a cada hora en punto con tiros cortos. Ha hecho, en definitiva, muchas cosas, pero su mayor temor continúa siendo caerse a la ría desde lo alto del puente colgante de Portugalete, patrimonio de la Humanidad desde 2006.
La última ironía de una vida pasada entre la contracultura más incómoda y la racionalidad de los fines del mundo capitalista, es decir Wall Street, era morir atropellado: Jerry Rubin cruzó, literalmente, por donde no debía, y hace muchos años que está muerto pero, felizmente, ha dejado una herencia imprescindible para ricos y pobres, bienaventurados y marginales por igual: DO IT! sigue siendo un libro necesario en un mundo en donde la revolución queda como travesura, una payasada o, en el peor y más común de los casos, un crimen; es decir, un mundo en el que la trampa liberal por excelencia (entendida la palabra liberal en el otro sentido, que no es el americano y positivo que se usa en libro), sea invocar los crímenes de la izquierda asentada en el poder para justificar otras formas de la explotación del hombre por el hombre que han corrido con mejor suerte. En el fondo, Jerry Rubin nunca dejó de hacer lo que no debía, incluso cuando abandonó la militancia radical e intentó subvertir el sistema desde adentro, pero esa es otra historia, y se cuenta al final de la edición española de DO IT!
Andrew O’Neill es un humorista anarquista y vegano, con tatuajes de Dr. Who y melenas heavy metal, que a veces se trasviste en escena. No engaña a nadie, porque desde pequeño lo tuvo claro. Nació en Portsmouth en septiembre de 1979, creció en un suburbio londinense y a los diez años ya ofreció su primera actuación cómica. Debutó en el circuito de stand-up en el Laughing Horse, en Candem. Desde entonces ha disfrutado del circuito de clubes de comedia, teatros y festivales musicales en todo el mundo. También es guitarrista de la banda steampunk The Men That Will Not Be Blamed For Nothing. Y escribe libros definitivos, aplaudidos por grandes gurús como Alan Moore, que recogen su visión enciclopédica y apasionada del heavy metal. Como el que el lector sostiene ahora en sus manos.
Gloria Fuertes (1917-1998). Madrileña. Aprendió a inventar antes que a escribir. Durante años y años de llantos y risas se le fueron cayendo los poemas del cuerpo. Además de ochenta libros, publicó en prensa y revistas y apareció mucho por la tele. A día de hoy, es un árbol muy alto.
«Gloria Fuertes nace en el barrio de Lavapiés, en Madrid, el 28 de julio de 1917. Su padre es conserje y su madre costurera y mujer de la limpieza. No es una niña como las demás. De muy pequeña sisa dinero del bolso de su madre —de la cual decía que tenía gracia, ingenio, y muy mal genio— para comprarse tebeos, polvorones y helados. Por entonces echa las tardes jugando en la plaza de Tirso de Molina y en la calle Mesón de Paredes, muy cerca del Rastro. Nací en la calle de La Espada y viví en Dos Hermanas, Tres Peces y Cuatro Caminos. Barrios de gente obrera, mucha necesidad, mucha puta y algún convento, recuerda Gloria. Da largos paseos con su perro para matar los días y participa en partidos de fútbol con otros niños en los que ella es siempre la única chica. Su equipo preferido es el Atlético de Madrid (todavía conocido como Athletic Club de Madrid). He sido una niña de suburbios, y mi mejor juguete me lo encontré en el barro, era un perro muy feo pero recién nacido, aún no andaba, tenía aún los ojos cerrados. Lo cogí en el desmonte temblando emocionada, me lo llevé a mi casa y lo escondí en el patio, con mi bufanda vieja le hice capa de abrigo, le bauticé un domingo con los chicos del barrio, le pusimos de nombre Pirulín de la Habana, y estrenó una cunita de cajas de zapatos. Cuando se iba mi madre a coser por las casas, yo le hacía a mi perro vestiditos de trapo. ¡Qué dulzura tenía mi perro callejero! Mi perro vivió mucho pero un día, en la guerra, un obús para él solo me le deshizo en el acto. Aunque ahora viaje por el mundo y mi mundo sea otro, aunque sufra despacio, aunque triunfe y me quieras… sigo sin poder olvidarlo.» Fragmento de la biografía de Gloria Fuertes escrito por Jorge de Cascante, editor de El libro de Gloria Fuertes: antología de poemas y vida.
Jean-Jacques Sempé (o sencillamente Sempé, como firma su obra) se trasladó a un París que siempre le había fascinado con dieciocho años, donde trabajó como repartidor de vino. No obstante, sus ilustraciones estaban llamadas a colonizar las bibliotecas infantiles de todo el mundo, y no tardó en aparcar la bicicleta que usaba para los repartos. Sus primeros pasos como ilustrador vinieron de la mano de revistas y periódicos franceses como Paris Match y L’Express, que encontraron en sus caricaturas el vehículo perfecto para la crítica y la sátira social. Sus acuarelas, revestidas de lirismo y aparente sencillez, terminaron por traspasar las fronteras del periodismo galo para recalar en lo literario, y hoy cuenta con más de cuarenta libros a sus espaldas. Mención especial merecen Catherine (Blackie Books, 2014), que firmó con el premio Nobel Patrick Modiano, y las desternillantes peripecias de El Pequeño Nicolás, el personaje que creó junto a René Goscinny y que ha sido traducido a más de treinta idiomas. Pero Sempé es un dibujante maravilloso que también escribe historias maravillosas. Como esta, Marcelín, sobre un niño que no puede evitar sonrojarse. Tal vez le pase lo mismo a su creador, quién sabe, pues en una ocasión aseguró: «Dibujo mis propias debilidades».