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Carmen Sabalete es doctora en Historia del Arte y directora de la revista Muy Historia (Muy Interesante), entre otras publicaciones. Lleva más de 15 años dedicándose profesionalmente al periodismo en el ámbito de la divulgación cultural y científica. Investigadora visual, actualmente forma parte del proyecto i+d de la UNED “Experiencias de lo político durante el franquismo”. Integrante del colectivo artístico Tuiza, con él ha intervenido en ARTIFARITI: V Encuentros Internacionales de Arte en Territorios Liberados del Sáhara Occidental (2011) y la Documenta 13 en Kassel (2012), entre otros certámenes.

Licenciado en Historia por la universidad de Sevilla y profesor de secundaria y bachillerato en el área de Ciencias Sociales, Geografía e Historia. Habitual colaborador en televisión y prensa, y medios digitales, publicó en el 2017 en la editorial Almuzara "El arte de vestir a la Virgen". Conozca su fascinante y trascendente devenir en esta obra llamada a convertirse en referencia.

Abū Zayd ‘Abdu r-Raḥman bin Muḥammad bin Khaldūn Al-Hadrami (en árabe: أبو زيد عبد الرحمن بن محمد بن خلدون الحضرمي‎.; Túnez, 27 de mayo de 1332-El Cairo, 19 de marzo de 1406), ​conocido en español como Ibn Jaldún o menos comúnmente como Abenjaldún o Ibn Khaldūn, fue un historiador, sociólogo, geógrafo, demógrafo, economista, filósofo y funcionario musulmán hafsí de origen andalusí. ​Su obra más conocida es Muqaddima (del árabe: Introducción a la historia universal), un temprano tratado sobre teoría de la historia, sociología, demografía y economía. Por ello es considerado padre de las anteriores disciplinas y, en general, de las ciencias sociales en la ciencia islámica.

Según Arnold J. Toynbee «Abenjaldún concibió y formuló una filosofía de la historia que es sin duda el trabajo más grande que jamás haya sido creado por una persona en ningún tiempo y en ningún país». Existe registro de que sus manuscritos existen en España desde antes del siglo xviii (en el palacio de El Escorial clasificado como Ben Mohamad Ebn Khaldun Alhadrami, Granatensi. Ejus epitome theologiae dogmaticae, cui titulus medulla, opus autographum​ y otro catalogado en el BNE​) lo que hace posible que este autor fuese conocido desde la Edad Media en la Península, incluso influyente en eruditos españoles como de la Escuela de Salamanca.

Anthony Louis. Médico psiquiatra, se ha dedicado desde la adolescencia al estudio de la astrología y el tarot, y ha hecho de ello su verdadera vocación. Ha impartido conferencias por todo el mundo y ha publicado numerosos artículos y libros sobre astrología, tarot y otros métodos de adivinación.

Mark Oliver Everett no mostró talento alguno para la física de pequeño, a la que se dedicaba su padre, el doctor Hugh Everett iii, «uno de los científicos estadounidenses más importantes del siglo xx» (según la revista Scientific American), que de joven se carteaba con Einstein y cuya interpretación de los universos múltiples dio pie a incontables libros de ciencia ficción, películas y episodios de Star Trek.

La poesía, en cambio, le vino de su madre, que escribía y en paz descanse, como descansa toda la familia cercana de Everett, motivo por el cual éste no sabe qué poner cuando le preguntan a quién contactar en caso de emergencia. Aunque, todo sea dicho, al menos siempre hay una buena mujer a su lado, o al menos una mujer medio loca a pesar de que, como él mismo dice, Everett sea tan feo. Por eso la poesía también le viene, seguro, de la historia de la familia toda y de la vida que le ha tocado vivir.

Sea como sea, a Everett siempre le interesaron más bien los discos que escuchaba su hermana (como cada tarde, durante un año, el After the Gold Rush de Neil Young), y aunque nunca soñó con llegar a tocar el mismo piano vertical con el que Young grabó ese disco (como un día iba a ocurrir), su vocación musical no sólo fue temprana, sino que consiguió superar una inseguridad proverbial.

A los diez años tenía por favorito el primer disco en solitario de Lennon, como cabe esperar de un crío disfuncional aunque también resuelto: a los seis ya se había comprado su primera batería de juguete en un mercadillo. En la adolescencia, después de haber compuesto unas cuantas canciones en el piano de casa, se hizo con una guitarra que acumulaba polvo en el armario (el de su hermana). Naturalmente a los 20 estaba obsesionado con grabar canciones en un cuatro pistas (también de segunda mano), y a los 24 iba a largarse a la gran ciudad a hacer lo único que estaba convencido de querer y poder hacer. Aunque luego resultara que lo que uno deja atrás siempre lo persigue y también que, gracias a eso (a la desdicha que, como escribió un novelista famoso, salva a algunas familias de ser iguales a todas) y desde luego al genio incontestable, Everett pudo escribir, además, su autobiografía Cosas que los nietos deberían saber. Y los que vendrán, esperamos.

Porque Everett parece escribir un poco sin querer, pero ésa debe de ser su forma de querer mucho y bien, de hacer lo que toca sin someterse, como ha hecho siempre: ser un estoico sin parecer virtuoso, y quién sabe si para que lo quieran más, eso por lo que alguien ha dicho que los escritores escriben. Y seguro que si lees esto el libro te va a entusiasmar.

Vista por encima, la historia del libro, su historia, se parece un poco a muchas: chico introvertido y maldito coge el virus de la música, se muda a Los Ángeles, donde no conoce a nadie, trabaja en lo que toque y, a fuerza de tenacidad con el aparato de las cuatro pistas (y desde luego un poco de fortuna), en efecto consigue firmar su primer contrato. El primero de tantos, como obligará la anormalidad de su banda, Eels, celebrada por otros elementos atípicos como Tom Waits, Van Morrison y sí, Neil Young, además de extrañamente reconocida por el público al igual que por la crítica, como suele decirse.

Pero luego viene todo lo demás, lo que mejor dejamos al propio Everett contar, porque nada de lo haya hecho o haya vivido se parece a lo que han vivido los demás (y sin embargo E es como todos nosotros), y de eso, sobre todo, va su libro.

A Coruña, 1976. El Hematocrítico es Miguel López, autor de numerosos proyectos de humor en Internet muy populares como El Hematocrítico de Arte, Drama en el Portal o Los Hermanos Podcast (con Noel Ceballos). Colabora con Cuore , Atresmedia o Tedx entre otros. Es autor junto con el ilustrador Alberto Vázquez de los libros infantiles Feliz Feroz, Agente Ricitos y El lobo con botas, y está trabajando en su adaptación a serie de animación para RTVE.

Raúl Cimas nació hace 38 años. Desde entonces se dedica a hacernos reír. Su currículum es el itinerario perfecto para un tour de la mejor comedia: La hora chanante, Muchachada Nui, Buenafuente, Museo Coconut y Óxido Nitroso son solo algunas de las paradas. Después del éxito de Demasiada pasión por lo suyo, su debut en el mundo del cómic, regresa con Orgullo Brutal, un muestrario delirante y cotidiano de personajes entrañables satisfechos de sí mismos.

Carlo Padial dice que se ha marcado como objetivo llegar a ser jefe de planta de algún almacén con componentes electrónicos. Mientras este Woody Allen barcelonés espera esa oportunidad, no para: antaño colaborador de revistas como El Víbora, guionista y dibujante de cómics (publicó Superfly o La familia Vandellós con La Cúpula) y recientemente autor de vídeos virales en Playground o TV3 con su productora audiovisual Los Pioneros del Siglo XXI. Ideólogo y pope del cine low cost (suyas son brillantes películas de autor de bajo presupuesto como Mi loco Erasmus y Taller Capuchoc), ahora ha dado el salto con la película Algo muy gordo. Todo esto no se entiende sin su dimensión como escritor, con obras como Dinero gratis y Erasmus, Orgasmus y otros problemas. Ahora publica su libro más confesional y terroríficamente emotivo: Doctor Portuondo.

Luis Noriega reside en España, concretamente en Barcelona. Es escritor y traductor. Ha publicado Iménez (ed. rev. Taller de Edición, 2011), ganadora del Premio UPC de Ciencia Ficción en 1999; los cuentos El problema de Randy (El Malpensante 14, 1999), Jugar el juego (Cuentos caníbales, Alfaguara, 2002), Soluciones ad hoc (Calibre 39, Villegas, 2007) y Círculo virtuoso (El Malpensante 102, 2009); y la novela corta Mediocristán es un país tranquilo (El Malpensante 128, 2012). Donde mueren los payasos es su primera farsa electoral, y el primer lanzamiento internacional de Blackie Books: la novela ha sido publicada simultáneamente en España, Colombia, Argentina, y otros países latinoamericanos.

Richard Gary Brautigan nació en Tacoma, Estados Unidos, el 30 de enero de 1935. Su padre nunca lo reconoció y, cuando tenía nueve años, su madre los abandonó a él y a su hermana en la habitación de un hotel en Great Falls, Montana. Pasaron muchas horas esperando a que volviese, hasta que el cocinero del establecimiento decidió acogerlos. Alguien ha dicho que su cerebro fue el único juguete que tuvo. A los veinte años fue recluido en un hospital para enfermos mentales por arrojar una piedra contra una comisaría. Lo había hecho para que lo arrestasen y le diesen de comer, pero en el hospital acabaron diagnosticándole paranoia, esquizofrenia y depresión. En sus propias palabras, allí recibió «suficientes electroshocks para iluminar un pueblo». En ese mismo hospital se filmaría más adelante Alguien voló sobre el nido del cuco.

Decidió partir a San Francisco y dedicarse a escribir poesía. Completó diez novelas, nueve poemarios y numerosos cuentos, que para algunos estaban entre lo mejor de su tiempo. Al comienzo, sin embargo, le resultó difícil publicar. (La Richard Brautigan Library honra su memoria en Vermont. En los noventa, ésta aceptaba manuscritos rechazados por las editoriales siempre y cuando los autores pagasen la encuadernación. La idea se tomó de su novela The Abortion, que en gran parte transcurre en una biblioteca de obras inéditas.) En 1964 se publicó A Confederate General from Big Sur. Fue un clamoroso fracaso. En el otoño de 1966, Brautigan se divertía con la idea de ser un autor de culto en Berkeley, donde el libro funcionó bien en la sección de saldos de una librería emblemática. A pesar de los fracasos y reveses, perseveró con sus manuscritos. Y finalmente alcanzó: en 1967 se publica La pesca de la trucha en América, éxito instantáneo de crítica y público. Había escrito el libro en 1961, durante un viaje de acampada que realizó en compañía de su mujer y su hija, y en el que llevaba una máquina de escribir y una mesita plegable. Era, pues, su primera novela, aunque fue la segunda en publicarse.

Con ella obtuvo gran fama internacional y, cómo no, abonó el terreno para su caída. Brautigan viajó mucho, compró propiedades, se dio la vida que no había tenido hasta entonces. Pero no supo llevar bien el peso de la fama. Las borracheras, la seducción de sus seguidores incondicionales y las mujeres, de repente tan disponibles (posó con algunas de ellas para las cubiertas de sus libros, e hizo que se incluyera su número de teléfono en algunas de las ediciones), se cobraron un precio alto.

Aunque ciertos escritores aplaudieron el éxito del patito feo convertido en estrella y los medios lo ubicaron en el firmamento de la contracultura al lado de Dylan, Ginsberg o Timothy Leary, la crítica valoró negativamente sus libros posteriores, y debido a su escritura cada vez más literaria, sus lectores empezaron a dejar de leerlo. Los sesenta dieron paso a los setenta. Jerry Rubin llegó a Wall Street, Abbie Hoffman se convirtió en un fugitivo, muchos de los chicos del flower power se pasaron al yuppismo y Brautigan se hundió en el declive, transformándose en el símbolo triste de una época convulsa. Y pasada. La visión condescendiente lo convierte en víctima de la contracultura.

Para otros, sin embargo, sencillamente fue un héroe. Desde el punto de vista de la escritura, hay quienes siguen considerándolo inclasificable. Estados Unidos lo había olvidado ya cuando, el 24 de octubre de 1984, se halló su cuerpo cubierto de gusanos. Varias semanas antes, no se sabe con exactitud cuándo, se había pegado un tiro. Junto a su cuerpo, el arma y una botella de licor.

Paradójicamente, los lectores del mundo entero que siguen descubriéndolo son legión. No ha hecho falta que siguiera escribiendo, aunque al recordarlo, al leerlo, se le eche tanto en falta. Sólo que, en palabras de Vonnegut, «como ha ocurrido con tantos otros buenos escritores, finalmente pudo con él ese desequilibrio químico que llamamos depresión, y que cumple su labor mortal sin que importe lo que esté ocurriendo en la vida amorosa del que lo padece, sin que importen sus aventuras, buenas o malas, en el Mercado sin corazón».