
La práctica psicoanalítica revela el trabajo constante de una fuerza de muerte: la que consiste en matar al niño maravilloso que de generación en generación atestigua los sueños y deseos de los padres. Nostalgia de la mirada materna, que lo ha convertido en un sumo esplendor; imagen resplandeciente del niño-rey. No hay vida sin pagar el precio del asesinato de esa extraña imagen primera. Asesinato no por irrealizable menos necesario: en él se inscribe el nacimiento de todos. Para cada cual siempre hay un niño a quien matar; el duelo, que se ha de rehacer continuamente, de una representación de plenitud, de goce inmóvil: quien no hace el duelo del niño maravilloso que habría sido, permanece en los limbos de una espera desesperanzada. Ningún orden, familiar o social, puede eximirnos de nuestra propia muerte, no sólo la segunda inexorable, sino la primera, la que vivimos cotidianamente, ...leer más