
Tras cuatro décadas de acumulación vacilante y la amenaza inminente de una catástrofe ecológica, las instituciones de la democracia liberal están tan vaciadas que sólo las guerras culturales y la xenofobia parecen capaces de crear alguna apariencia de democracia. En estas circunstancias, es fundamental que la izquierda no se contente con luchar contra los nuevos partidos fascistas y se desvíe hacia luchas defensivas contra la extrema derecha. En lugar de ello, la izquierda tiene que articular un proyecto anticapitalista radical que una a los subalternos en un rechazo del capitalismo y de sus formas de dominación, aunque esto signifique abandonar las democracias nacionales establecidas y su política de partidos. Por tanto, el antifascismo tiene que ser radical en el sentido de ir a las raíces del problema: el verdadero antifascismo significa incrustar la oposición a los partidos fascis...leer más






